466 Días

466 Días

Mi ansiedad me comía la piel, dejándome carcomida y roída de pies a cabeza; mis miedos y mis penas, envueltos en lágrimas y súplicas nocturnas.

¿Cuánto se sufre por amor? Quizás el concepto de amor no sea muy concreto o no tenga una misma respuesta universal. Quizás amar es sinónimo de lamentar, de dolor, de sufrimiento o quizás son palabras que simplemente conectan con lo que conlleva amar.

Un sabio una vez dijo que querer y amar no es igual. Qué lástima confirmarlo con una botella de ron nocturna mientras mi corazón se desangraba en mis manos, derramando su sangre en mi vestido blanco.

¿Cuánto amor damos y perdemos creyendo que con ello nos van a elegir? ¿Qué tan tontos somos cuando estamos perdidos por alguien que no quiere más que alejarse de nosotros?

Esas heridas tardan en cicatrizar y hierven, quemando nuestra sangre, rompiendo nuestros músculos, dejándonos endebles y sin alma.

No logro entenderte. Te quejabas todo el tiempo de las personas que no amaban bien, de manera libre y completa. Eras fervoroso del amor sincero, de aquel amor que te llena del corazón a los pulmones y te hace estallar la mente.

Los primeros 61 días tomabas mis manos heladas; Después, con la nieve madurada, tu solución fue invernar y volver después de las fiestas.

Las palabras sin fundamento ni acción no tienen valor alguno, y yo debí meterme eso muy bien en la cabeza.

Prometiste no soltar mi mano con los cambios de estación o el pasar de las próximas festividades. Me juraste amor bajo la luna, y al parecer, las promesas ante los astros, para ti, no tienen más que el valor de ser válidas para romperse.

Me rompías el corazón más a menudo de lo que parecía ante el público.

Sabías que amaba las flores y que odiaba llorar, pero qué curioso: me regalaste demasiadas lágrimas como para llenar más de veinte frascos, y nunca hubo flores en mis manos ni entre mis muros.

Preferí quedarme con lo lindo: aquellos chocolates suaves, inesperados cada mesada; Las veces que me hacías sentir que quizás toda mi ansiedad y miedos solo estaban en mi cabeza, pero las maneras en que a veces me ignorabas, teniéndome a pocos centímetros de ti, mientras mi dulce bobedad te contaba su mundo y tú estabas en el tuyo escapando de nosotros… estando ahí.

Recuerdo cuando las voces me decían que había algo raro, que los ojos te habían visto en medio de actos ilícitos y yo te hice saber que lo sabía, lo negaste, te enfadaste conmigo causándome demasiada ansiedad y miedo, más del que sentí en el momento.

Me hiciste parar mis sesiones, y que yo solo te pidiera volver, cuando quien necesitaba una explicación y calma era yo.

Aún quiero creer que ese día eras inocente de tus delitos…

91 días de felicidad. A veces desaparecían largos ratos, pero yo podía entender los motivos. Creía que era un paraíso y que ya no habría más tormentas ni pañuelos con mis iniciales.

Pero solo fue el engaño envuelto en palabras y promesas inconclusas.

¿Qué tanto di para tan poco? ¿En serio no merecía más?

Me diste un sinfín de promesas: que las cosas mejorarían, que ya no desaparecerías tanto como acostumbrabas, que los besos ya no serían proyecciones de mis anhelos, que las flores llenarían mi habitación y que existirías de una manera distinta en mi vida. Quizás yo debí dejar de creerte e irme, pero yo te amaba… y por ello decidí ser paciente.

Tratamos de adaptarnos a los cambios, a las novedades y la evolución. Yo estaba empezando a cansarme porque comenzaba a notar que yo, regularmente, era quien aportaba más a nosotros. Fui paciente 399 días. Fui comprensiva, fui devota, fui cariñosa y tolerante, de día a noche, sin lamentarme por absolutamente nada. Incluso yo era quien daba más consuelo del que recibía, necesitando y mereciendo más de lo que te di.

No estoy reprochando después de todo esto. Solo que aún me tengo cólera por haber amado más de lo que creí que me amaban, por haber comprendido cosas que quizás tú no me hubieras tolerado. Me tengo cólera porque siempre fui tu soldado más valiente, peleando sola en tu ejército; porque fui complaciente y comprensiva en exceso, cuando solamente fui tolerada e ignorada, quedándome las migajas como si esto fuese Hansel y Gretel, pensando que esas migajitas nos llevarían a casa, juntos.

Me dejabas todos los días esperando, pensando en ti, y en que en cualquier momento vendrías a rescatarme del campo en tu caballo blanco, pero jamás fuiste un príncipe encantador, y jamás fuimos una dulce historia de princesas y príncipes.

Volvías a ratos, siempre pidiendo perdón y siempre siendo perdonado, porque mi bondad era más grande que mi razón y mi respeto a mí misma. Esto pasaba de sol a sol, y de noche a noche. Siempre decía que no pasaba nada, pero mis ojos hinchados y mis ataques no decían lo mismo. Trataba de tener una cita en tu agenda, pero jamás podía obtener una fecha contigo. Me siento tonta por haber hecho menos importante mi agenda por alguien que no me daba la misma importancia. Fue cuando tus palabras empezaron a dejar de tener un valor verídico.

No había tiempo para nosotros jamás, pero sí para cosas y personas que, según tus labios, eran distintas a lo promovido en tus acetatos.

Fue cuando un nuevo golpe cayó en mi corazón y lo quebró un poco más, y entendí que eso ya no era amor, solo era que no sabías cómo quitarme de tus páginas.

Me sentí cansada y gastada. Quería salir, pero mi esperanza, el amor y los recuerdos de los pocos momentos que aún sentía como amor genuino, me hacían querer soportar un poco más y quedarme. Lo que me dificultaba tomar mis maletas y dejar la última taza de café en tu mesa, creo que esperaba un suceso mágico y que tu reacción provocara aquel momento de película que nos llevara a nuestro “felices por siempre” pero solo me dabas motivos para marcharme.

Motivos que mi corazón no quiso aceptar para salir de lo que creí que era mi hogar.

Recuerdo cuando te enseñé aquel capítulo de mi novela, en el que una chica se marchaba de la vida de quien amaba, pero que ya la estaba lastimando demasiado. Solo una cara cabizbaja fue tu reacción, mencionando lo triste que era eso. No pensaste que fuera una advertencia o una señal de lo que realmente estaba pasando, y seguiste en lo tuyo.

Pasaban los días y yo pasaba por momentos difíciles. Necesitaba ser escuchada, necesitaba la misma comprensión que siempre le di al mundo, pero solo fui tolerada e ignorada.

Sentía mi barco hundirse, sentía cómo me ahogaba con cada ola que me tragaba.

Porque si yo estuve ahí cuando te sucedió a ti, ¿por qué tú no pudiste estar para mí si era tan sencillo? Yo intenté miles de veces correr a donde tú estabas. Me desmoroné por ti, te di más de lo que podía tener, me dejé sentir inmensamente, quise con locura…

pero yo no podía recibir lo mismo. Ni lo más sencillo, ni lo mínimo y ahora veo lo injusto que fue eso, y entiendo por qué me dolía tanto.

Desaparecías cada vez más, y eran más excusas cada día y cada instante, pero mi tolerancia y comprensión se cansaron. Ya no existía el amor entre nosotros, solo el dolor y la rutina muerta entre nuestras palabras y sabía que habíamos llegado a eso porque yo había dejado de ser la misma, porque era la única que sostenía nuestro lugar.

Cada excusa era más tonta y menos creíble. Eran ya, en su mayoría, mentiras envueltas en un perdón silencioso. Aún recuerdo cuando suprimiste a tu camarada solo para desaparecer por mucho tiempo sin que yo te buscara. Cuando supe de todas tus mentiras fue cuando entendí que debí irme hace muchísimos días o que quizás jamás debí creerte por segunda vez.

Al parecer amabas la nieve y huir en ella, porque los copos podían cubrir tus pasos. Porque volviste a marcharte después de haber prometido en el pasado que jamás lo volverías a hacer, o al menos no de la misma manera que aquella vez.

Si Shakespeare te viera, amaría tu estilo dramático.

Preferiste romper el lazo en la distancia y recuerdo cuánto lloré y rogué porque esto no estuviera pasando una vez más, pero ninguna lágrima bastó para cambiar las cosas. Me humille por amor ¿Quién no lo ha hecho?

Entonces entendí que, si no quisieras marcharte, no estarías jugando por segunda vez el mismo juego de escape y decidí dejar de luchar. Mi mismo cansancio y mis problemas personales ya no me permitirían sostener a alguien y algo que ya no funcionaría, aunque yo hubiera dado todo por arreglar las averías.

Amé tu realidad y crudeza. Me quedé junto a ti a pesar de las promesas rotas y las palabras sin cumplir.

Juré creerte a ti antes que a todos los rumores, Pero ¿qué pasa cuando los rumores están sustentados con hechos y testigos de todos tus crímenes y falacias?

Me pregunté, durante días, si alguna vez parte de los 466 días que te di tuvieron sinceridad y realidad. Pero simplemente entendí que buscarle sentido a eso ya no tenía ningún sentido y dejé de sentir esa necesidad de buscarle un porqué a las cosas.

Y entendí que dejar ir era lo mejor. Que ya no debía aferrarme a lo que fue y ya no será.

Me hiciste feliz, me hiciste insegura, me diste lo bueno y lo malo junto, y te lo agradezco a donde sea que hayas huido, incluso te agradezco que tu decidieras dar fin a todo esto porque se que me hubieran tomado más días salir de ahí porque te quise demasiado, gracias. Pero ya no volverás a pasar nostálgicamente por mi mente. Serás solo una lección que tenía que aprender, una que ya no volverá a mí, ni a mi corazón.

Ahora mis días son míos, y debo disfrutarlos, debo mejorar y sentir que la luz cálida del amor me volverá a iluminar algún día. Un día sentiré que este dolor fue por un motivo, y que valió la pena, que todo será diferente.

Ahora solo nos queda disfrutar y avanzar más pasos.

Cada día es un paso más y estoy feliz de irme alejando de eso que una vez dolió más de lo que tuvo que doler.

 

– Angeline Garmald

Lo que mis labios no han de decir, lo dirá mi corazón en mis manuscritos.

Comentarios