De Espadas Caídas y Corazones Libres

 

De Espadas Caídas y Corazones Libres

Siempre supe que esta carta llegaría, tarde o temprano, como un eco distante de aquellas batallas que creamos juntos, aquellas que quedaron en la antigüedad de los pergaminos. No me sorprendió tu confesión, ni las palabras teñidas de remordimiento, porque desde el inicio, incluso en nuestros mejores días, vi las grietas que poco a poco aparecían entre nosotros, las mismas que intenté ignorar mientras el calor de tus promesas me envolvía en un cuento de hadas que no fue real, en una pequeña historia con bailes encantados momentáneos y besos llenos de veneno que me hacían alucinar con la belleza de algo extemporáneo.

Te vi llegar, lo recuerdo bien. Tu armadura de amatistas, tus ojos de licántropo íngrimo que, en el fondo, buscaban un refugio de las noches, una estrella brillante, en busca de calidez que lo acogiera de su mundo, como si de un alojamiento de paso se tratase, siempre buscando una nueva batalla que librar, buscando adrenalina, algo que lo hiciera sentir vivo y voraz.

Juntos forjamos un reino, un castillo en medio del caos, con paredes hechas de sueños compartidos, pasión, libertad y risas que sonaban como el canto de espadas. Era hermoso. Era nuestro. Pero estaba construido con manecillas de reloj, con temporalidad; solo escapábamos de otras batallas, solo escapábamos lo más rápido posible de nuestras vidas y, como todo reino nacido del fuego y la furia, no pudo sostenerse sobre la fragilidad de su propio peso.

El afecto vivido era inmenso, pero distingo que, estando más lejos, la locura vivida por tu atrocidad era pasión disfrazada de pureza. Sentir pasión no es lo mismo que amar, y lo comprendo ahora, como reina de un castillo distinto.

Mi entrega fue ciega, solo vi al tenaz y atroz guerrero junto a mí, aquel guerrero que intenté disfrazar como lo que jamás sería, un príncipe violeta de cuentos de hadas. Me aferre a tus imperfecciones y a tus estrategias, incluso cuando, al final, las usaste contra mí. Vi la chispa en tus ojos cuando peleabas a mi lado, pero amabas más las chispas y la sangre que brotaba cuando la batalla era por ti, y cuando no derramabas tu sangre, vi cómo esa chispa me aterraba aún más cada día, porque la locura se apoderaba de ti, te consumía o quizás siempre fuiste así y me era difícil darme cuenta y aceptarlo.

Tal vez ambos lo sabíamos, pero éramos demasiado tercos para aceptarlo. Que esta batalla no estaría destinada a ser de ambos, a mí me esperaba otro camino distinto al tuyo, camino que no estaría dispuesta a seguir si me llevaba hacia la perdición de mi convicción.

Es curioso, siempre hablamos de las batallas como si fueran nuestro lenguaje de amor. Cada escaramuza, cada duelo, una declaración. ¿Recuerdas cómo solías decir que la guerra era lo único que nos mantenía vivos, que sin ella no sabríamos cómo ser? Nunca lo entendí del todo, hasta que nuestras espadas, que alguna vez lucharon juntas, comenzaron a cruzarse entre sí. No fue inmediato, claro que no. Primero fueron esos pequeños roces, tus silencios, mis dudas, los rasguños a mi piel, la sangre en exceso que derramaba por ti y cómo se secaba lentamente, haciéndome sufrir más. Pero después, llegaron los días en que nuestras manos ya no buscaban al otro, sino que empuñaban armas diferentes, batallas distintas, corazones ajenos; buscaban libertad sin proclamarlo de manera directa, pero nuestro pueblo sabía que era todo lo que necesitábamos.

Y así fue como blandiste tu espada ante mí para dar fin a mis servicios. Me dejaste caer en aquel lago y te marchaste, dejando la guerra terminada, otorgándome, sin quererlo, por completo mi libertad y un mejor destino del que pude haberme privado si permanecía junto a ti.

Siempre supe tus traiciones y las perdoné, eso se supone que te hace hacer la pasión ante el pavor de perder. Siempre lo supe, incluso antes de que lo dijeras, antes de que esas otras hadas te enredaran con sus promesas, antes de que desvelaras sus vestidos de brillos. Tú siempre tuviste un pie fuera de nuestro coliseo, siempre miraste al horizonte buscando un nuevo reto. Siempre ha existido esa debilidad en ti. Lo entiendo ahora. No era tu culpa. No era mi culpa. Simplemente, nuestras guerras habían terminado antes de que nos atreviéramos a aceptarlo; simplemente, cada uno de nosotros era distinto y tenía fines diferentes.

A pesar de las heridas y las lágrimas ante los malos tiempos, no me permití hundirme. Seguí adelante, porque era más brillo y fuerza que toda esa oscuridad. Las cicatrices que dejaste en mi piel son testimonio de lo que dejó la guerra, pero, tal cual como mi ave de fuerza, como aquel majestuoso ser de aire y misticismo, como un poderoso fénix, renací de las cenizas y crecí más fuerte.

En su momento, el dolor era inmenso, pero lo que más dolió al final fue darme cuenta de que, por mucho que quisieras proteger mi corazón, no sabías cómo evitar romperlo. Tus manos estaban destinadas al caos, a destruir, o al menos eso aplicaba en nuestra historia.

Las hadas me cuidaron, es cierto, pero no fue solo su magia lo que me sanó. Fue tener a los seres correctos en mis prados, aquellos que te guían por un buen camino, aquellos que te hacen evolucionar y crecer del lado correcto y gentil; no aquellos que te hacen repetir los errores, no aquellos que hacen que te estanques en los frutos prohibidos y los fermentos de las cosechas ajenas. Fue el amor, el cariño y la calidez; fue el tiempo; fue la aceptación de que, a veces, incluso los guerreros más fieros pierden, si es que a esto podría llamarle una derrota; ha sido mi más dulce derrota. Y eso está bien. No necesito tus remisiones, no necesito tus absoluciones, ni necesito que cargues con la culpa. Si me amaste, eso es suficiente. Me amaste a tu manera, con la brutalidad de un caballero que nunca aprendió a bajar la espada, y yo tuve una gran devoción de guerrera por ti, que jamás volvería a encenderse, pues tú la apagaste y acabaste con ella, porque mi corazón, mi brillo y amor están en mi reino ahora.

Las ruinas de aquel coliseo son solo prados lejanos, llenos de violetas y crisantemos, con memorias de una batalla finalizada hace décadas. Las batallas ya no me definen, y mi espada descansa en paz. He aprendido a caminar sin el peso de la armadura, a bailar bajo la luz sin temer al filo de ninguna hoja. No busco más guerras, porque descubrí que mi verdadera fuerza no estaba en las batallas que librábamos, sino en el hecho de que pude sobrevivir a ellas.

Mis tiaras de zafiros cubren mi cabellera, mi brillo prevalece en mi mirada, en mi piel, en mi ser por completo. Es aún más brillante cuando mi amado rey toma mi mano y caminamos juntos por nuestro palacio, cuando corremos ante los campos de rosas, cuando la música nos conecta con profundidad, cuando nuestras argollas unen aún más nuestros corazones, cuando mi amor entrelaza al suyo, cuando mi libertad es aún más grande estando a su lado. Todo es diferente ahora: música, risas, claridad, pureza, calma, cariño, bailes y nuevos horizontes dorados llenos de colores que anhelé ver toda mi vida.

No soy solo una valquiria, no soy solo una tenaz, astuta, inteligente, encantadora e imparable guerrera; soy más que eso. Soy una reina, soy paz, soy una mujer, soy una persona totalmente viva con dolor, con lágrimas, con furia, con armonía, con alegría, con tantas emociones, belleza y crudeza como cualquier persona genuina de un mundo de tiranos y batallas. Soy un ser con propósitos y metas como cualquier otro, y estoy feliz y bien con ello. Solo espero que la guerra acabe para ti, que encuentres la paz y toda la felicidad para todas las valquirias, todas las hadas, todos los seres mágicos de un mundo que merece paz eterna y felicidad.

 Angeline Garmald.

- Lo que mis labios no han de decir lo dirá mi corazón en mis manuscritos.

 

 

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