La Ultima Taza de Café
Solías despertar cada mañana con la rutina entre los
dientes: el café, los correos, las noticias, y yo, del otro lado de la mesa,
sumergida en mi portátil y mis notas coloridas, vislumbrando parte de mi vida
en nosotros. Preparaba café para ambos, con las cucharadas de café y azúcar
balanceadas al gusto de cada uno. El minutero del reloj de la pared era el
contador para la inminente separación de todos nuestros días. No te culpo, el
agotamiento en tu cuerpo y en tus ojos es abismal e inevitable. Es claro que
estás cansado, pero más de uno en esta pequeña ciudad vive así.
Solo veía cómo dabas el último sorbo a tu taza de café
mientras terminabas de colocarte el abrigo y tomabas tu maletín para irte.
Cerrabas la puerta la mayor parte de las veces sin decir adiós, sin siquiera
una última mirada. Aquellos momentos eran como una dulce cuchillada. Quizá el
minutero del reloj no era solo el indicativo del tiempo restante para tu salida
laboral, también era la advertencia del final de los tiempos.
De lunes a domingo, día tras día, en un amargo otoño, decía
que todo estaba bien, pero en realidad me iba menguando poco a poco por la
manera en que te alejabas de mí, por la manera en que tus dulces gestos
desaparecían de mis mejillas y de mi cuerpo. Las últimas huellas que habían
quedado de ti se fueron borrando en aquellas solitarias duchas frías nocturnas.
No te dabas cuenta de las grietas que se abrían entre nosotros, pero mi piel,
reseca como las finas hojas de otoño, era un indicio de un futuro indiferente.
Los gestos de cariño que antes abundaban ahora eran
mínimos, como una brisa ligera que apenas rozaba el espacio entre tú y yo. La
tensión estaba acabando con nosotros, y aunque fuera el soldado más valiente,
debo admitir que no podía hacerlo sola. Esto era un trabajo de dos, pero tú lo
abandonaste, atrapado en tu propio ritmo. No te detenías a ver más allá de ti
mismo.
No era que yo hubiera dejado de amarte, era que había
comenzado a desaparecer, poco a poco, como si me disolviera en el aire que
compartíamos. Quizá tú lo veías, pero no lo sentías. Quizá no sentías el mismo frío
que yo, y es común cuando cada uno tiene un lenguaje del amor diferente, cuando
uno se entrega de manera distinta al amor. Yo seguía allí, así que todo estaba
bien, o al menos eso creías cada noche antes de quedarte dormido al otro
extremo de nuestra cama.
Una tarde, decidí redimirme. Tomé mis maletas y me marché
para no volver, pues ya no había a qué regresar. Solo nos quedaban las
memorias, una cadena de amor oxidada por las lágrimas que dejé brotar por mi
cara, suplicando que vieras las fisuras y notaras cómo me sentí por tanto
tiempo. Quedaba una taza de café con restos del café de esa mañana; decidí
dejarla allí. Tendrías que hacerte cargo de ello.
Me esperaste, pero no te preocupaste demasiado. Pensabas
que yo podría haber tenido algún contratiempo... Pensabas. Pero cuando diste el
sorbo final a tu café, cuando notaste mi lugar en la mesa con la silla y la taza vacía lo presentiste, las llamadas perdidas eran el segundo vuelco a tu corazón y fue cuando el reloj marcó la medianoche, cuando la realidad era mas densa que la espuma, ¿la realidad te golpeó
con la fuerza de una tormenta? El sonido de mis llaves chocando con el cerrojo
de la puerta abriéndose no llegó. ¿El vacío que habías ignorado por tanto
tiempo te invadió el pecho?
Tras tu ansiedad y tu negación a los hechos descubriste una nota en el lado de la cama que compartimos por mas de 4 estaciones. No decía todo lo que sentía, pero era clara en el mensaje que
quería dejarte: una despedida y el final de las súplicas de mi corazón:
"Mi corazón aún te ama con la misma
intensidad que aquel día que te vi, pero yo no sé cómo estar donde no soy
vista, cuando tú eres todo lo que quería ver. Sigue adelante, lo has hecho bien
sin mí antes y sé que lo harás bien sin mí ahora. Cuídate."
Sentiste un nudo en la garganta y comenzaste a preguntarte:
¿cuándo había empezado a perderla? Repasaste los últimos meses, buscando
respuestas en los recuerdos, leyendo los últimos mensajes, tratando de recordar
tus fallos, las veces que me dejaste sola con todo mi mundo. Recordaste las
risas compartidas, las tardes en las que nos mirábamos como si fuéramos los
únicos en este mundo, como si fuéramos el centro del universo. Esas memorias
ahora se sentían tan distantes.
La verdad fue un golpe sordo: yo era el equilibrio que te mantenía estable, y tú lo habías dado por sentado. Estuviste tan atrapado en tu propio mundo que no te diste cuenta de que en mi silencio yo me desmoronaba lentamente, esperando que hicieras algo para no perderme. Porque lo que menos quería era perdernos. No quería marcharme, pero no me dejaste otra opción ante todo el edificio derrumbándose sobre mí. Y ahora, en la soledad de la casa vacía, comprendes que no solo me habías perdido a mí, sino también a ti mismo. Ahí es cuando logras comprenderlo mejor, al perder todo.
¿El eco de mi partida resonaba como un vacío inerte?
¿Sonaba como una presencia que ya no estaba? No querías pensar en ello, pero
sucedió. Sucedió que, sin mí, sin mi risa, sin mi compañía, sin mi apoyo, sin
mis besos, sin mi cariño, sin mis palabras, sin mi impulso, te diste cuenta de
lo que realmente eras: un hombre perdido, que no supo amar cuando aún tenía
tiempo, cuando aún no veía en el fondo los restos de su última taza de café.
-Angeline Garmald
Lo que mis labios no han de decir, lo dirá mi corazón en
mis manuscritos.
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