El Silencio de Aurora

Hola, mi nombre es Aurora Giselle Garnica Macías. Era demasiado joven como para escribir estas notas y dejarlas a mi mundo. A veces dicen: puedes ver a una persona sonriendo y riendo por la vida, pero no sabemos qué guarda su silencio; no sabemos qué dolor lleva dentro o si está desmoronándose por dentro. Pues digamos que lo mío era algo así.

 Era muy conocida por hacer reír a mis amigos y al entorno con mi gracia e ingenio. Si alguien estaba mal, mis palabras eran extensas y mis abrazos más cálidos de lo habitual. Era todo oídos, y hacía que la palabra "soledad" no existiera en sus mundos. Siempre fui alegre, amistosa, creativa y amorosa. Amaba ser de esa manera; me hacía sentir feliz y llena de armonía. Pero todos llegamos al punto de la autodestrucción, y el peso de nuestra mente puede hacernos caer con todo para siempre.

No era la persona más inteligente; sé que era alguien dedicada y creativa, pero, cruelmente, en el mundo actual eso no siempre es suficiente para evitar ser devorado. Recuerdo los últimos meses: eran difíciles. Quedaban pocos rastros de lo que amaba ser; el mundo me estaba consumiendo inevitablemente, y cada día me dolía. Pero me resignaba severamente a las "salidas rápidas", no siempre pierden contra ti.

Amaba lucir bien. Siempre tuve en mente el hecho de que era linda, pero los estereotipos de belleza siempre remataban mi espejo y rasgaban mi piel. Recuerdo dejar de comer a mis horas, saltarme el desayuno y comer lo mínimo por una "buena figura". Pero mi cuerpo cansado imploraba que dejara de hacer eso. También recuerdo dormir hasta tarde todos los días; las mañanas me pesaban, y solo quería seguir durmiendo y despertar tarde.

De seguro se preguntan: ¿a dónde quiero llegar con esto? Bueno, nunca he hecho una carta de este estilo. No sé cómo proceder al punto importante y al final.

Mis últimos días fueron pesados. Comía para no asustar a mamá; hacía chistes y bromas porque así había sido siempre: la feliz y risueña Auris. Recuerdo hacer planes a futuro para querer seguir adelante y pensaba que todo era solo una mala racha. Pero la medianoche me golpeaba fuerte. Pensaba que no estaba llegando tan lejos como creía; me sentía estancada y miserable en un lago lleno de dificultades.

No todas las personas eran malas, pero aquellos crueles que seguían burlándose de mí por no dar el ancho en mi entorno, por no cumplir los estándares; las miradas furtivas llenas de lujuria de personas que me llenaban de asco hacia mí misma; los comentarios incómodos sobre sus deseos y las asquerosas propuestas hacia mí, hiriéndome con comentarios como:

  • "Si quieres llegar lejos aquí siendo mujer, debes aflojar."
  • "¿Cómo no te voy a mirar así, si mira cómo estás vestida? Así estás provocando a todos."
  • "Qué bueno que tienes ese cuerpo, porque la inteligencia no la tienes."

Siempre me pregunté: ¿por qué era tan difícil estar tranquila en el mundo siendo mujer? Solo quería vestirme linda, como me sintiera cómoda, sin tener que tapar mi cuerpo por ser tachada de vulgar o de ofrecida, como solían decir algunas personas.

Recuerdo el día en que dije que era suficiente. Batallé demasiado sobre si era la decisión correcta, sobre si en realidad era lo mejor o si solo estaba tomando la salida fácil. Quería luchar por mi vida, pero me sentía muy cansada, y no sentía fuerza.

Despedirme de mis seres amados fue lo más difícil de pensar. Mis padres, que lucharon tanto por siempre darme todo, por darme lo mejor y que jamás careciera de nada; mi enfermo padre y mi amorosa madre. No paraba de pensar en sus rostros llenos de lágrimas y negación por mi decisión. Era una de las razones por las que me cuestioné demasiado mi elección. No podía —o al menos no sabía cómo— pedir ayuda sin sentir que era una carga o sin hacer sentir culpables a mis seres amados por mi situación. Tampoco buscaba lástima ni era un intento desesperado de atención. Todo lo que siempre había buscado era amor y comprensión, las mismas cosas que siempre brindé.

Cuando pensé en la reacción de mis hermanas, sentí otro vuelco en el corazón. Ellas ya habían partido del nido, pero la conexión tan fuerte que tenía con ellas era como una melodía. Pensar en cómo no lo creerían, en cómo podría lastimarlas, era algo que jamás había considerado. Después pensé en mis amigas, mis amigos, mi familia entera, la familia de mi madre, la familia de mi padre... Pensé también en lo que sentirían mis mascotas al no verme más abriendo la puerta de la casa, al no escuchar más mi voz, al no sentir más mis caricias y mi amor.

Y cuando llegué a pensar en mi gran amor, en mi pareja, el mundo me golpeó con más fuerza. Mis lágrimas corrían por mis mejillas, acumulándose en las hojas de papel y haciendo correr la tinta. Pensaba en las caras de todos, llenas de lágrimas, dudas y preguntas. ¿Cómo es que esto pasa de la noche a la mañana? pensaría la gente.

Antes de proseguir con mi decisión, escuché mi música favorita. Me maquillé y me arreglé con mi ropa favorita, mis pendientes preferidos, llena de pulseras, con mi collar favorito, mis anillos y, sobre todo, el anillo que me recordaba a mi gran amor. Quería que la última vez de mi existencia fuera como me recordaban: feliz, risueña y siendo yo.

Tomar el paso final era difícil, pero no podía detenerme. Lo siento. A veces, el dolor puede consumirte en una enorme sombra oscura…
Lo lamento.

Horas después, por la mañana, se reportó el fallecimiento de la joven Aurora Giselle Garnica Macías, quien había fallecido en su habitación por una sobredosis de fármacos. Ella fue una amada hija, hermana, amiga, novia, dueña, compañera, estudiante y mujer.

Las lágrimas fueron inevitables, pero sus últimos deseos fueron concedidos. Para varios, la noticia les tomó por sorpresa, porque nadie lo creería de alguien como ella. Era tan doloroso tener que asimilar todo. Las cartas fueron entregadas a sus respectivos destinatarios, y el dolor invadió a todos.

¿Valió la pena eliminar el dolor personal a cambio del dolor de miles? El no saber pedir ayuda y buscar salidas fáciles a veces puede resultar peor de lo que imaginamos. Todos tenemos nuestras batallas. A veces nos sentimos solos, sentimos un enorme fracaso personal, y creemos que nada tiene sentido o solución.

Pero cada problema tiene una solución, quizá no al instante, pero existe. Quizás es cuestión de no rendirse.

Busca ayuda si estás pasando por un momento difícil. Existen diversos lugares de apoyo profesional.
No estás solo.

Línea de la vida: 800 911 2000

 

Angeline Garmald.

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