Represión y silencio emocional
Hay un silencio que me habita,
una especie de niebla espesa que envuelve todo lo que intento decir. He pasado
tanto tiempo escapando de lo que siento, huyendo de mí, que a veces olvido
quién soy sin ese peso sobre los hombros. Es extraño convivir con un corazón
que late pero no canta, con pensamientos que no encuentran voz, con una
tristeza muda que me acompaña como una sombra fiel.
Me he convertido en experta en
fingir sonrisas, en decir “estoy bien” con una naturalidad que asusta. Pero,
por dentro, hay mares que se agitan y palabras que se ahogan antes de alcanzar
la orilla. Y me duele no saber cómo nombrar este cansancio, esta soledad
disfrazada de rutina. Me duele no saber cómo pedir ayuda sin sentir que estoy
incomodando.
A veces, me miro en el espejo
y no reconozco a la persona que me devuelve la mirada. Y otras veces, ni
siquiera tengo fuerzas para buscarme.
Hay días en los que el mundo
parece un lugar ajeno, como si yo no perteneciera del todo, como si observara
la vida desde detrás de un cristal empañado. Veo a las personas reír, caminar
con propósito, hablar de cosas sencillas, y yo solo pienso en lo agotador que
se ha vuelto existir. No porque la vida no tenga cosas bellas —porque las
tiene— sino porque he olvidado cómo tocarlas sin que se deshagan en mis manos.
He intentado buscar refugio en
palabras que no escribo, en abrazos que no pido, en miradas que esquivo. Hay
una batalla constante entre el deseo de ser escuchada y el miedo a incomodar,
entre querer gritar y no emitir ni un susurro. Porque, ¿cómo se le explica al
mundo que el dolor más grande no siempre grita, que a veces solo se sienta
junto a ti y te acompaña en silencio?
He aprendido a maquillar mi
tristeza con rutina. A esconderla entre tareas, entre conversaciones
superficiales, entre los “mañana será mejor” que repito como un mantra gastado.
Pero, por dentro, hay un eco que no cesa, un vacío que no entiendo, una versión
de mí que se sienta en la oscuridad y espera.
Hay noches en las que me quedo
en la orilla de la cama pensando en todos mis errores, en lo que pude hacer
mejor, en las veces que pude haberme dado una mejor vida. Pienso en aquellas
veces que me preocupé más por los demás que por mí misma. ¿Cuántas veces
perdoné a ajenos y conocidos por actos repetidos o dolorosos? Si he podido
hacer eso, entonces… ¿por qué no puedo perdonarme a mí misma por todo lo que he
hecho hacia mí?
Tengo la habilidad de
lastimarme a mí misma antes de que alguien más lo haga, y eso lastima más de lo
que pueda tener previsto. El pasado siempre será un látigo que dejará marca en
tu piel; siempre quedará aquella cicatriz de dolor por aquella acción que te
lastimó, aquellas palabras que te hirieron, cicatrices de las veces que viste
algo que no querías ver y terminaste viendo más de lo necesario.
Las heridas de aquellas veces
que te llamaron “bicho raro” solo por ser tú misma; aquellas veces que tuviste
que cambiar solo para ser aceptada; el dolor en el pecho que te dejó aquella
llamada nocturna, dejándote con el amor y el corazón en las manos sin mayor
motivo o explicación lógica; las desapariciones de las personas que amabas,
mientras se filtraban como el café en la vida de otras personas, dejándote poco
a poco atrás; las últimas palabras con aquella amiga que era tu cómplice y todo
terminó por un simple malentendido de crecer; la constante búsqueda de
aprobación, el solo querer sentir que eras más que lo que vislumbrabas en el
espejo, dejando de verte como un extraño entre tus ropas.
Es más fácil adelantarse a los
hechos de que serás lastimado o traicionado, porque sientes que te
decepcionarás menos cuando vuelva a ocurrir. Pero, ¿qué tal si lo arruinas todo
y puede tener otro camino?
Qué fácil es correr de lo que
sientes, qué fácil es callarte y no hablar de lo que duele, no hablar de lo que
necesitas y de lo que sabes que te hará feliz. Porque, claro, es mucho más
fácil creer que no puedes ser feliz y aceptar que serás miserable el resto de
tus días; seguir cayendo al mismo lugar hasta que te estanques en lo que menos
querías para tu vida.
Acepta que hay tratos que no
mereces. NO, no mereces recibir poco dando demasiado, no mereces lo mínimo si
das el máximo. Tienes un enorme mundo esperándote, esperando por ver más de lo
grande que eres. Ya basta de conformarse con poco; mereces ser vista y ser
enorme siendo quien eres, porque esa es tu verdadera chispa.
Mereces recibir flores sin
importar la fecha que sea, mereces poder sonreír sin importar el clima o el
color de tu suéter, mereces un mundo más tranquilo, mereces cargar menos de lo
que ya cargas, mereces ser amada, deseada, necesitas amor puro, amigos, aventuras
increíbles y paz.
Sal al mundo, siente nostalgia
por lo que dolió, llora por todo lo que sientas —incluyendo lo bueno—, haz
promesas, comienza una racha que seguramente romperás, genera algo de
confianza, pierde y gana miedos, pero, sobre todo, sigue adelante.
Cada noche que cierres el
telón, no olvides todo lo que ganaste en ese show; no solo pienses en las
pérdidas y las futuras deudas.
Cada día es más fácil… lo
difícil es hacerlo cada día.
La única manera de cambiar tu
entorno, tu vida y de cambiar lo que eres y lo que quieres es dar un paso e
intentarlo. Si nos quedamos pegados al marfil, no habrá un cambio.
Y sí, lo sé… sé que no todo se
arregla con escribirlo, que no todo cambia por aceptar que duele, pero también
sé que hay algo en reconocerlo, en dejar de esconder las heridas bajo la manga,
en permitir que la tristeza tenga su espacio sin pedirle permiso a nadie.
He vivido demasiado tiempo
intentando ser fuerte para los demás y olvidé serlo para mí. Me acostumbré a
las despedidas disfrazadas de silencios, a los abrazos que no llegan y a las
promesas que se desvanecen antes de cumplirse. Me volví hábil para minimizar
mis logros y amplificar mis errores, para recordar con precisión quirúrgica
cada vez que fallé y olvidar con rapidez cualquier momento en el que brillaba.
Pero ya basta.
Basta de caminar sobre
cristales rotos por miedo a molestar. Basta de dejarme en el último lugar de la
lista. Basta de callar lo que quema. Porque, aunque no lo crea todos los días,
hay belleza incluso en el intento, incluso en tropezar, incluso en llorar de
madrugada por cosas que nadie más sabrá.
Quiero aprender a abrazarme
sin condiciones, a mirarme al espejo sin buscar fallas, a dejar de pedir perdón
por sentir demasiado. Quiero coleccionar instantes pequeños que me recuerden
que sigo aquí, a pesar de todo, a pesar de mí.
Y sé que no será fácil, que
habrá días en los que vuelva a pensar que no merezco nada, donde el ruido
vuelva a cubrirlo todo, pero tal vez… tal vez en esos días también pueda
recordar que incluso la herida más profunda termina por cerrarse, que incluso el
invierno más largo se convierte en primavera.
No quiero seguir huyendo de
mí. No quiero que mis miedos dicten mi historia. Quiero empezar a escribir con
tinta propia, aunque mis manos tiemblen, aunque las primeras palabras sean
torpes, aunque a veces vuelva a dudar.
Así que hoy, aunque sea con
las manos temblorosas y el corazón herido, decido quedarme. Decido nombrar mis
sombras, escuchar mis vacíos y aceptar que no siempre sabré qué hacer con este
caos que soy. Porque quizá, solo quizá, no se trata de huir del dolor, sino de
aprender a caminar con él hasta que un día deje de doler tanto.
Y si alguna vez vuelvo a
perderme, me recordaré esto:
"Incluso las estrellas
más viejas siguen ardiendo en la oscuridad, y a veces basta con un solo
destello para recordarte que sigues siendo luz, aunque no siempre puedas
verte."
– Angeline Garmald
Lo que mis labios no
han de decir, lo dirá mi corazón en mis manuscritos.
Comentarios
Publicar un comentario